
—¿Y la mujer? — preguntó nuevamente el sheriff.
—Ella está con él, ¿no es así?
—Estoy avergonzado de ti — repuso el sheriff, como si se tratara de una chica traviesa —. Sí, avergonzado de todos vosotros. Se me ocurre meter a todos en la cárcel, uno por uno.
—¡Pero son unos parakinos! — chilló una voz cascada —. Usted sabe que aquí no están permitidos esos tipos.
—Ahora os diré lo que voy a hacer — ordenó el sheriff —. Cada uno a su negocio. Yo me ocuparé de esas personas.
—¿De las dos? — preguntó una voz.
—¡Diablo! ¡No lo sé todavía…! — dijo el sheriff —. La señora no parece ningún parakino. Creo que será suficiente con que se marche del pueblo.
Se dirigió hacia Harriet.
—¿Está usted con ese hombre?
—¡Y seguiré estando con él!
—¡No! — dijo Blaine —. (Un signo de silencio con un dedo en los labios.)
La respuesta telepática la efectuó rápidamente, esperando que nadie pudiera haberla captado, ya que era difícil que en un pueblo como aquél pudiera haber un telépata.
Y la advertencia fue pronunciada.
—¿Su coche, es aquel que hay al otro lado de la calle?
—Sí, así es.
—Bien, le diré, señorita. Tómelo cuanto antes y márchese de aquí. La gente la dejará ir en paz.
—Pero, no hay motivo…
Blaine la interrumpió. —Será mejor que obedezcas, Harriet.
La chica vaciló.
—Vamos, adelante.
Harriet salió a la acera y se volvió.
—Volveremos a vernos — le dijo a guisa de despedida.
Y, al marcharse, miró de reojo al sheriff.
—¡Cosaco! — le disparó al pasar junto a él.
Pero el sheriff pareció no enterarse. Probablemente, jamás habría oído semejante palabra.
—Dése prisa, señora — le repuso casi amablemente.
