El gentío se apartó para dejarla pasar; pero murmuró sordamente con rabia. La chica llegó hasta el coche y se volvió para saludar a Blaine con la mano. Entonces, puso en marcha el vehículo y salió disparada a todo correr. La gente se apartó asustada, tratando de ganar las aceras para no ser atropellada por el potente coche atómico, que partió como una flecha, blindado por la nube de polvo que levantaron sus potentes reactores.

El sheriff aguardó con una calma monumental, hasta que el vehículo hubo desaparecido al fondo de la calle.

—¡Ve usted, sheriff! — gritó una víctima ultrajada —. ¿Por qué no la persigue usted?

—Se lo tiene bien merecido — repuso el sheriff —. Usted empezó todo esto. Hoy pensaba pasarme el día tranquilo y ya me tiene todo excitado.

En realidad, no aparecía así, ni mucho menos.

El rebaño empujó hacia la acera, argumentando violentamente. El sheriff hizo un gesto con ambas manos, como si estuviera espantando un grupo de pollitos.

—¡Vamos, lárguense de aquí! — les dijo —. Ya se han divertido bastante. Ahora voy a ocuparme de mi trabajo, llevaré a este tipo a la cárcel.

Se volvió hacia Blaine.

—Venga conmigo.

Caminaron a lo largo de la acera juntos, hacia el pequeño tribunal del pueblo.

—Debería usted haberlo sabido mejor — le dijo el sheriff —. Este pueblo es el infierno para las personas como usted.

—¿Cómo iba a saberlo? — repuso Blaine —. No había signo alguno.

—Desapareció hace un par de años — comentó el sheriff —. Y nadie ha tenido después la idea de volver a ponerlo. Realmente debería existir un nuevo letrero, aunque lo cierto es que las tormentas de arena acaban borrándolo por completo.

—¿Qué intenta usted hacer conmigo? — preguntó Blaine.

—No mucho, calculo — repuso el sheriff —. Detenerle a usted un rato mientras se calman los ánimos de esta gente. Creo que será mejor para su propia protección. Tan pronto como se halle seguro, le pondré en libertad y se marchará de aquí cuanto antes.



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