Descansó un momento del salto experimentado y trató de dividirse, de clasificarse a sí mismo; pero él se hallaba mezclado con demasiadas cosas, había estado en muchos otros lugares misteriosos y aquello le tenía totalmente confuso. Era un ser humano (en cualquier forma que lo fuese) y era al propio tiempo una máquina escurridiza, además de ser aquella cosa color de rosa esparcida en un brillante suelo azul. Asimismo, era aquella insensatez que caía a través de eones de tiempo gritando terror, aunque en puras matemáticas sólo fuese una fracción de segundo.

Surgió, por fin, a la total consciencia de su experiencia. La obscuridad se desvaneció y advirtió a su alrededor una suave luz. Se hallaba yaciendo de plano sobre la espalda y se sintió en su hogar, en su mundo, con un profundo agradecimiento al saberse así de nuevo. Por fin despertó. Era Sheperd Blaine, un explorador para el Anzuelo. Había permanecido lejos, muy lejos en el espacio cósmico para husmear y saber lo que ocurría en lejanas estrellas. Había viajado muchos años luz, en tiempos que a veces tenían alguna significación y en otras, ninguna. Pero esta vez había encontrado una cosa y una parte de aquella cosa había vuelto a la Tierra con él mismo.

Lo había buscado y encontrado en un rincón de su mente, apretado estrechamente contra sus temores, y trató de acomodarse a la nueva situación, aún temiéndola. Era algo terrible hallarse capturado por una mente extraña, perteneciente a un mundo lejano y extraño. Y de otra parte, era algo repulsivo tener algo parecido enroscado dentro de la propia mente.

«Es duro para los dos», pensó Blaine, hablando para sí y para la otra cosa que ya formaba parte de sí mismo.

Trató de poner sus pensamientos en orden. Había partido antes, hacía unas treinta horas, no él, por supuesto, ya que su cuerpo había permanecido inmóvil allí, sino su mente como una máquina escurridiza y deslizante hacia aquel planeta inimaginado que giraba alrededor de un sol desconocido.



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