
Blaine quedó un momento en silencio, considerando la situación. Llegaron a la pequeña corte de justicia del pueblo y subieron los escalones de madera. El sheriff abrió la puerta.
—Adelante.
Entraron ambos en la oficina del sheriff y éste cerró la puerta.
—Oiga, sheriff — dijo Blaine —. No creo que tenga usted fundamento suficiente para detenerme. ¿Qué pasaría si me marchara ahora mismo de aquí?
—No gran cosa, imagino. No lo haría en derecho, por lo menos. Yo personalmente no le detendría a usted, aunque tuviese algo que argumentar. Pero es usted el que no querría seguramente marcharse del pueblo ahora mismo. Esa gente le cazaría en cinco minutos.
—He podido marcharme en el coche.
El sheriff sacudió la cabeza.
—Hijo, yo conozco a estas gentes. Me he criado con ellos y soy uno de ellos. Sé hasta dónde puedo llegar y cuándo debo detenerme. He podido hacer que se marche la señora; pero no ambos. ¿No ha visto usted nunca una multitud en acción?
Blaine movió la cabeza significativamente.
—No es nada bonito de ver.
—¿Y qué hay de esa vieja Sara? ¿Ella es también una visionaria?
—Bien, le diré a usted, amigo. Sara procede de una antigua familia. Ella cayó en los malos tiempos; pero su familia ha vivido aquí desde hace más de cien años. El pueblo la tolera.
—Sí, y es mañosa como un detective. El sheriff sacudió la cabeza y emitió una risita entre dientes.
—No hay mucho que se le escape a nuestra vieja Sara — dijo el sheriff —. Se dedica a vigilar a todos los forasteros que vienen al pueblo.
—¿Y ha podido usted coger a muchos parakinos por ese procedimiento?
—Bah, regular, de vez en cuando Un número prudente.
El sheriff se dirigió hacia su mesa de despacho.
