
El planeta no era en sí muy diferente de otros muchos planetas. Era simplemente un mundo salvaje y extraño, causando el mismo efecto que los demás, cuando se caía por primera vez sobre ellos. Pero esta vez se había encontrado con terribles tormentas de arena, al igual que en otros desiertos helados, o bien inmensos territorios de rocas primitivas. Durante treinta horas había luchado con aquella terrible arena sin haber apreciado nada. Y, repentinamente, había llegado a aquella estancia azulada con el Color de Rosa esparcido en su interior y al tomar contacto con el Color de Rosa, o la sombra de aquello, había vuelto a la Tierra con ello. Surgió de donde había estado escondido, sintiendo el contacto de la cosa nuevamente, y el pleno sentimiento y conocimiento de ello. La sangre le corría por las venas como un torrente helado, sintiéndose transido por la extraña influencia cósmica que ya formaba parte de su propio ser, sintiéndose igualmente impelido a gritar, loco de terror; pero no lo hizo. Continuó controlándose, y el Color de Rosa enrollado en el secreto escondrijo de su mente.
Blaine abrió los ojos y vio en el techo el resplandor de un bulbo eléctrico que le apuñalaba la vista. Hizo un inventario de su cuerpo y comprobó que todo estaba en perfecto orden. Realmente, no había razón alguna para lo contrario, ya que había permanecido en el mismo sitio durante aquel período de treinta horas consecutivas.
Estremecido, se levantó, incorporándose para sentarse de nuevo, viendo rostros que le miraban fijamente, rostros que se balanceaban en la luz.
—¿Difícil, eh? — preguntó una cara.
—Todos son difíciles — repuso Blaine.
Saltó de aquella máquina en forma de catafalco, estremeciéndose de nuevo por el frío.
—Aquí tiene su chaqueta, señor — dijo uno de aquellos rostros que le observaban, con el cuerpo embutido en una blusa blanca.