La mujer le ayudó a vestirse, encogiéndose de hombros al hacerlo.

La mujer le acercó un vaso, del que tomó un sorbo, comprobando que era leche. Tendría que haberlo supuesto por anticipado. En cuanto alguno de ellos volvía en sí, se le proporcionaba en el acto un vaso de leche. ¿Con algo dentro, quizá? Nunca se le había ocurrido a Blaine preguntar sobre aquello. No era sino una de las mil cosas pequeñas en apariencia, con que el Anzuelo le había hechizado a él y a todos los demás como él. El Anzuelo, en un siglo o más de existencia, se las había arreglado para acumular una completa tradición de antiguas costumbres y pequeños detalles en diversas gradaciones.

Gradualmente se hacía con su personalidad, mientras bebía el vaso de leche. Ahora encontraba familiar cuanto le rodeaba. Allí estaba la gran sala de operaciones con sus hileras de brillantes máquinas estelares, algunas de las cuales permanecían cerradas y el resto abiertas. En las cerradas yacían otros como él mismo, con sus cuerpos allí en reposo y las mentes lejos, muy lejos, en los espacios cósmicos.

—¿Qué hora es? — preguntó Blaine.

—Las nueve de la noche — repuso un hombre que sostenía una agenda en la mano.

La sensación de lo extraño volvía a torturarle de nuevo la mente, y allí surgían otra vez las mismas palabras: ¡Eh, amigo! Puedo intercambiar mi mente con la suya…

Pero entonces, a la luz de la razón humana, aquello era verdaderamente sorprendente, insólito. Era como un saludo perfectamente inteligible. Como un cordial apretón de manos de un amigo. Siendo un choque amistoso de las dos mentes, la sensación aún era más apreciable que si se hubieran apretado las manos materialmente.

La chica se le aproximó y le tocó en un hombro.

—Termine su leche, por favor — le dijo.

Y Blaine pensó que de haber sido un truco de su imaginación, sus percepciones no serían tan reales como lo eran. Sí, efectivamente, la sensación de extrañeza cósmica seguía yaciendo en un rincón de su cerebro, viva y palpitante.



8 из 248