—¿La máquina me ha hecho regresar perfectamente? — inquirió Blaine, inquieto.

—Sin el menor inconveniente — le respondió el hombre de la agenda.

«Media hora», pensó Blaine con calma, sorprendiéndose de hallarse tan encalmado interiormente. Media hora había permanecido con la mente proyectada hacia los espacios interestelares, con el tiempo requerido para la impresión de los registradores. Sí, allí estarían todos los datos, contando la completa historia de lo sucedido, sin el menor error, en ello no había duda posible. Y antes de que ellos lo leyeran, él debería marcharse lejos.

Miró a su alrededor y de nuevo sintió la satisfacción, la excitación y el orgullo que, hacía años atrás, había experimentado por primera vez, cuando fue llevado a aquella estancia. Allí se encontraba el corazón vivo, el cerebro de la organización, el Anzuelo, donde se proyectaban las mentes hacia el exterior, hacia los más remotos lugares del profundo espacio cósmico.

Pero no era cuestión de meditar sobre aquello, simplemente, debía marcharse. Acabó el vaso de leche y devolvió el recipiente a la joven que aguardaba. Se volvió hacia la puerta.

—Un momento — le dijo el hombre de la agenda —. Se olvida usted de firmar, señor.

Refunfuñando, Blaine tomó el lápiz que colgaba de la agenda y firmó. Aquello formaba parte de las mil y una cosas rutinarias del servicio, había que firmar al entrar, al salir, permanecer con la boca bien cerrada y todo en el Anzuelo actuaba como si el lugar fuese a disolverse en un montón de polvo si alguien descuidaba el más pequeño trámite.

Blaine se dispuso a marcharse.

—Perdone, señor Blaine, pero descuidó usted de anotar cuándo volverá para la evaluación.

—Mañana temprano, a las nueve — repuso brevemente Blaine.

Ya podría anotar cuanto quisiera, ya que él no pensaba volver más. Ya había perdido treinta minutos, no podía malgastar ni uno más.



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