
– ¿Le disparó?
– No, eso es lo más raro. Se acercó con el arma, pero el tipo del coche ya estaba muerto. Tenía un destornillador clavado en el pecho.
Bosch no lo entendía. Le faltaban datos, pero no dijo nada.
– El airbag lo mató, Harry.
– ¿Qué quieres decir con que el airbag lo mató?
– El airbag. El maldito yanqui estaba robando el airbag y de alguna manera el chisme saltó. Se hinchó al instante y le clavó el destornillador justo en el corazón, tío. Nunca había visto nada igual. Debía de tener el destornillador del revés o estaba usando el mango para golpear el volante. Todavía no lo sabemos con certeza. Hablamos con un técnico de Chrysler y nos dijo que si sacas la cubierta protectora como hizo ese tipo, incluso la electricidad estática puede dispararlo. Nuestro difunto llevaba un jersey. No sé, tal vez fuera eso. Burns dice que es la primera víctima de la electricidad estática.
Mientras Edgar se reía entre dientes del humor de su nuevo compañero, Bosch pensó en la escena. Recordó un boletín informativo referente a los robos de airbags que se había distribuido el año anterior. Se habían convertido en un producto muy solicitado en el mercado negro. Los ladrones sacaban trescientos dólares por unidad a propietarios de talleres con pocos escrúpulos. Los talleres los compraban por trescientos y cobraban a los clientes novecientos por instalar uno. Eso doblaba los beneficios que obtenían cuando los encargaban al fabricante.
