
Los dos amigos apenas si hablaron, excepto para suspirar por Julie Newmar como Cat Woman (cada vez que ella aparecía en pantalla con su ajustado traje de gata negro, Win decía: «miauuefecto»). Ambos tenían cinco o seis años cuando emitieron la serie por primera vez, pero algo en Julie Newmar como Cat Woman destrozaba completamente cualquier noción freudiana de latencia. Por qué, ninguno de los dos lo podía decir. Quizá su villanía. O algo más primitivo. Esperanza sin duda tendría una opinión interesante. Intentó no pensar en ella -un trabajo inútil y agotador cuando no podía hacer nada al respecto-, pero la última vez que había hecho algo así había sido en Filadelfia con Win y Esperanza. La echaba de menos. Mirar los vídeos no era lo mismo sin sus comentarios.
El yate atracó y se dirigieron al avión privado.
– La salvaremos -afirmó Win-. Después de todo, somos los buenos.
– Dudoso.
– Ten fe, amigo mío.
– No, me refiero a que seamos los buenos.
– Tendrías que saberlo.
– Ya no -dijo Myron.
Win puso aquella cara con la barbilla sobresaliente, aquella que había venido a bordo del Mayflower.
– Esta crisis moral tuya -comentó- te favorece muy poco.
Una rubia espectacular de voz ronca como sacada de un viejo número de cabaret los recibió desde la cabina del avión de la compañía Lock-Horne. Les sirvió bebidas entre risitas y mohines. Win le sonrió. Ella le devolvió la sonrisa.
– Curioso -dijo Myron.
– ¿Qué es curioso?
– Siempre contratas azafatas espectaculares.
Win frunció el entrecejo.
– Por favor. Prefiere que la llamen asistenta de vuelo.
– Perdona mi torpe insensibilidad.
– Intenta ser un poco más tolerante -dijo Win-: adivina cómo se llama.
– ¿Tawny?
– Cerca. Candi. Con i latina. Y no le pone el punto. Le dibuja un corazón encima.
Win podía ser más cerdo, pero resultaba difícil imaginar cómo.
