
Se oyó el graznido de un pájaro. Las pequeñas olas entonaron su dulce canción. Win estaba en la playa, con los brazos cruzados, su cuerpo terriblemente paciente.
– Que te vaya bien, Myron.
– A ti también -contestó él.
Win y Myron volvieron al yate en la lancha. Un tripulante le ofreció a Myron una mano. Myron la cogió y subió a bordo. El yate zarpó. Myron permaneció en cubierta contemplando cómo la playa se hacía más pequeña. Estaba apoyado en la borda de teca. Teca. Todo en este navío era oscuro, rico y de teca.
– Ten -dijo Win.
Myron se volvió. Win le arrojó un Yoo-Hoo, su bebida favorita, una mezcla entre gaseosa y leche con chocolate. Myron sonrió.
– El primero que bebo en tres semanas.
– Los dolores de la abstinencia -señaló Win-. Han tenido que ser una verdadera agonía.
– Sin televisión y sin Yoo-Hoo. Es un milagro que haya sobrevivido.
– Sí, casi has vivido como un monje -opinó Win. Luego, con otra mirada a la isla añadió-: Bueno, como un monje que folla mucho.
Ambos estaban matando el tiempo.
– ¿Cuánto tardaremos en regresar? -preguntó Myron.
– Ocho horas de navegación -respondió Win-. Un avión chárter nos espera en Saint Bart's. El vuelo dura unas cuatro horas.
Myron asintió. Sacudió la lata y la abrió. Bebió un buen trago y se volvió hacia el agua.
– Lo siento -dijo.
Win no hizo caso de la declaración, o quizás era suficiente para él. El yate aumentó la velocidad. Myron cerró los ojos y dejó que el agua y la suave espuma le acariciasen el rostro. Pensó por un momento en Clu Haid. Clu no había confiado en los agentes -«un peldaño por debajo de los pedófilos», así los describía- y, por lo tanto, le pidió a Myron que negociase su contrato, pese a que Myron sólo era estudiante de primer año de abogacía en Harvard. Myron lo hizo. Le gustó. Pronto aparecería MB SportsReps.
