Licerán había asistido como testigo a aquella maldita guerra y tras ver el comportamiento de los vencedores al acabar el conflicto supo que las autoridades franquistas no habían sabido ni querido entender que, en general, aquellos que se habían comportado como criminales -los hubo en ambos bandos- se encargaron de poner pies en polvorosa, mientras que los pobres desgraciados que habían luchado por corresponderle por su quinta o que sólo habían participado como carne de cañón se quedaron en España pensando que nada tenían que temer.

No fue así, pues la guerra se convirtió en la excusa perfecta para que se dieran múltiples ajustes de cuentas que a veces no tenían nada que ver con la política sino con viejas rencillas en pueblos, ciudades, venganzas personales y conflictos entre familias. Era por aquel motivo que Licerán obviaba en lo posible aquel asunto y se dedicaba a lo suyo, trabajar y hacer ganar dinero a sus patronos que ya era bastante en aquellos duros e inciertos días. Fue enviado a Cuelgamuros casi de inmediato, pues se supo que el Caudillo tenía previsto construir un mausoleo que fuera un monumento a los caídos. Según se decía, a los caídos de ambos bandos. Aunque aquello, la verdad, no se lo creía nadie. El dictador lo tenía pensado desde antes de acabar la guerra, así que en cuanto llegó al poder se dedicó a recorrer la zona norte de Madrid, la sierra, acompañado por el general Moscardó, el del Alcázar. Unas veces en avión, otras a caballo o en coche, el caso es que Franco halló el lugar que buscaba: Cuelgamuros. Un paraje hermoso a un paso de El Escorial, cerca de la capital y de una belleza natural arrebatadora.

Aquello era para él una especie de obsesión, así que de inmediato se iniciaron las obras.



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