– ¿Cómo lo hiciste? Creo recordar que le tendiste una trampa…

– Sí, digamos que me aparté un poco de los métodos más ortodoxos y logré convencer a una prostituta para que, convenientemente vigilada, actuara de cebo por los lugares en los que había actuado el asesino. Estipulamos que la joven hiciera cierta ostentación de pendientes, medalla y esclava de oro (joyas que le suministramos nosotros, claro) con el objeto de llamar la atención del criminal. Así fue como el cuarto día de marzo, cómo olvidar la fecha, comprobamos que nuestros esfuerzos daban fruto. Recuerdo que con las primeras sombras de la noche, un tipo que coincidía plenamente con la descripción del asesino se acercó a la chica en cuestión entablando con ella una conversación. Tanto la joven como el posible asesino fueron seguidos con discreción por mí mismo y por dos guardias de paisano hasta un solar de la Barceloneta donde, justo cuando el desgraciado sacaba la navaja para degollarla, pudimos reducirle. No crea usted, el tipo era un auténtico animal: se llamaba Huberto Rullán Jiménez, alias «Paco el Cristo», «Rasputín» o «Melenas», era vecino de Martorell, un viejo conocido de las fuerzas de orden público.

– Sí, sí, la prensa lo bautizó como «el degollador del puerto».

– Era un tipo primario, brutal, de mirada inyectada en sangre y más de cien kilos de peso; un energúmeno de aspecto imponente que llamaba la atención porque lucía una barba muy poblada y una descuidada melena. Daba grima; el pelo y la barba eran muy rizados, de color negro azabache. Su nariz era grande y redonda, casi como un pegote añadido a aquel rostro de asesino que quedaba rematado por una única ceja inmensa y amenazante.



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