A mí me recordaba a un ogro de los que ilustraban los cuentos infantiles de mi infancia. Jesús, ¡qué espécimen! Cuando lo presenté en el juzgado la expectación era máxima. Iba escoltado por dos guardias de asalto bien recios y, pese a hallarse esposado, el tipo se resistía y blasfemaba amenazando al tribunal, al fiscal e incluso a los numerosos periodistas que se habían dado cita ante aquel acontecimiento. Un salvaje. El abogado defensor que le tocó en suerte, un vivo, alegó que su cliente había sido maltratado; pero tanto un servidor como los guardias que habían participado en la detención mostrábamos suficientes moretones, contusiones, heridas y golpes, como para demostrar con veracidad que aquel animal se había resistido violentamente a su captura. Aquello justificaba, de largo, que hubiéramos tenido que emplearnos a fondo para reducir al inculpado que, dicho sea de paso, tenía la fuerza de cuatro hombres. Recuerdo que el juez desoyó con aire molesto aquellas alegaciones del letrado y rogó que se continuara con la vistilla.

– Bien hecho.

– Además, tuvimos la suerte de que el tipo había confesado nada más llegar a comisaría. Y no crea, señor Licerán, no se le tocó un pelo. Yo mismo había reunido pruebas más que suficientes en apenas un par de días. Las primeras, la enorme navaja cabritera que el detenido portaba en el momento de su detención y una cuerda con evidentes manchas de sangre seca que escondía en el bolsillo del pantalón. En el registro del domicilio del inculpado se habían hallado asimismo trescientas pesetas cuyo origen no pudo aclarar, un anillo de oro con las iniciales D.G.L. grabadas, que fue identificado por los familiares de la primera víctima del degollador del puerto como perteneciente a Dionisia Guarinós Lucientes, y un chal negro con bordados rojos que las compañeras de la tercera víctima de este presunto criminal reconocieron como perteneciente a la joven y que tenía manchas de sangre. El mismo Huberto Rullán nos condujo hasta el domicilio de otro perista, un gitano del barrio Chino, que confesó haber dado salida a una serie de joyas que los familiares de las jóvenes asesinadas identificaron tras ser recuperadas: unos pendientes de plata, un anillo y una esclava de oro. Dada la abrumadora evidencia de las pruebas en contra del detenido, el fiscal solicitó al señor juez la prisión incondicional sin fianza para el reo.



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