– Recuerdo que la prensa se deshacía en elogios hacia usted.

Tornell sonrió al recordar tiempos felices.

– Sí, el mismo juez me felicitó públicamente. Recuerdo sus palabras: mostró su aprobación por el trabajo desarrollado por la fuerza pública, así como la pulcritud demostrada a la hora de presentar las pruebas ante el tribunal y decretó la prisión incondicional, incomunicada y sin fianza, ordenando que el reo fuera juzgado antes de que pasara un mes de la fecha de aquella vista.

– Le caería perpetua.

– En efecto, seis meses después, Huberto Rullán, popularmente conocido ya como el degollador del puerto fue sentenciado a cadena perpetua por los crímenes que, según consideró probado el tribunal, el imputado había perpetrado junto al puerto de Barcelona. La prensa se deshizo en elogios hacia la brillante labor de las fuerzas policiales, me encumbraron. No crea, señor Licerán, tampoco me volví loco con las lisonjas. En este país nos gusta subir a la gente a los altares para luego dejarla caer.

– Cierto es -apuntó el capataz que comenzaba a sospechar que aquél era hombre templado. Le gustaba.

– Reconozco que en aquel momento la cosa me halagó, no en vano a la República le interesaba dar publicidad a asuntos como aquél. Yo era joven y mi estrella ascendente. Además, era simpatizante de las izquierdas y aquello me convirtió en el personaje de moda. Así me lo hicieron saber desde el propio Ministerio de la Gobernación. Según ellos, yo era la imagen del futuro, un hombre preparado, de ideas abiertas, la sangre nueva de la República que había probado la segura implicación en los hechos de aquel criminal.



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