
Nunca me gustaron los políticos ni sus manejos. Los diarios más sensacionalistas abundaron en los detalles más sórdidos de la vida del reo, Huberto Rullán, de profesión ebanista pero con antecedentes policiales por robo con extorsión, proxenetismo, escándalo público y estafa. Un mal hombre, hijo de prostituta fallecida por la sífilis y padre desconocido que había conocido la dureza de las calles desde niño. Se decía que de joven había flirteado con el anarquismo más violento y era temido y respetado en prisión por su carácter impulsivo y su inmenso tamaño. Había vivido en París, aunque tuvo que huir de Francia tras un atraco cometido en Toulouse, y se le había relacionado con los «hombres de acción» del sindicalismo catalán, los pistoleros de García Oliver, con los que había terminado mal por su afición a gastar el dinero de la organización en vino y prostitutas. Alto, de más de uno noventa de estatura, su más que evidente sobrepeso hacía de él un ejemplar imponente, una bestia. Sus víctimas, mujeres indefensas, no tuvieron ni una sola oportunidad. Según quedó probado en el juicio, el móvil no era otro sino el robo, ya que las jóvenes prostitutas, pobres desgraciadas, pululaban indefensas por los lugares más peligrosos de la ciudad donde eran presa fácil para este sádico. Me alegró mucho apartar de la circulación a un tipo así.
Licerán, satisfecho por su nueva adquisición, sacó su cantimplora y ofreció al preso un trago de coñac. Éste, más reconfortado, miró al infinito con la mirada perdida en el camino, como el conductor. Parecía pensar en sus cosas, como recobrando el aire tristón que le acompañaba al salir de prisión y que había abandonado por unos minutos al hablar de tiempos mejores. El capataz conocía muy bien aquella mirada, la mirada de la derrota. Una pena.
Capítulo 4. El nuevo
Cuando Licerán llegó a Cuelgamuros con los nuevos prisioneros, Colás Berruezo se cuadró ante aquel pobre resto de piel y huesos en que había acabado convertido Tornell.