– Pero ¿qué haces? -dijo el capataz propinándole un empellón. Aquel tipo de cosas no podía sino traerles problemas. El Ejército de la República ya no existía.

– Perdone, señor Licerán, es que aquí tiene usted presente al teniente con más cojones de la 41.ª División -dijo el cantero a modo de excusa.

– Berruezo -dijo el recién llegado con aquella voz que apenas si le salía del cuerpo-, no te veía desde…

– Desde Teruel -contestó el otro-. Le debo la vida, mi teniente, usted me enseñó a sobrevivir en la guerra y…

– No, no, Colás, yo sí que te la debo a ti… a ti…

Ambos se abrazaron sin poder evitar las lágrimas. Permanecieron así durante un buen rato, fundidos en uno y llorando como niños. Licerán comenzó a hacerse una idea de lo que aquellos dos hombres debían de haber pasado. Creyó oportuno intervenir.

– Ojo, ya sabéis que aquí no hay ya ni tenientes, ni sargentos, ni hostias. Todos sois prisioneros. Ni se os ocurra volver a hablar en esos términos, ¿entendido? No hay Ejército Popular. Cuidado con esas cosas que aquí os limpian, ¿eh?

Los dos asintieron con aire sumiso.

– Disculpe usted -dijo Colás-. Ha sido la emoción.

Licerán, al ver que Banús les miraba de reojo, musitó pollo bajo:

– Bueno, bueno, no llamemos más la atención. Daos un paseo y poneos al día. ¡Andando!

– Gracias, señor Licerán -contestó Colás tomando al recién llegado por el brazo.

El capataz no pudo reprimir que una lágrima asomara a sus ojos al ver a los dos amigos alejarse. Tornell se apoyaba con dificultad en Berruezo. ¡Qué pena ver así a hombres que fueron tan valientes! Intentó disimular.

En los días que siguieron a la llegada de Tornell, el señor Licerán no tuvo motivos de queja con respecto al nuevo. Apenas si podía con su alma, pero comenzó trabajando con una energía que, dado su estado físico, sorprendió al veterano capataz.



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