
Nada más llegar a Cuelgamuros, se produjo un espectacular cambio en el penado. Acostumbrado a estar encerrado, la contemplación de apenas una fanega de campo abierto le iluminó los ojos. Se notaba que su mirada era otra. Dicen que la mente y la presencia de ánimo lo pueden todo y, en este caso, dicha premisa pareció cumplirse más claramente que nunca. El aire puro de la sierra resultó el mejor reconstituyente para el cuerpo y el espíritu de aquel hombre que aparentaba haber sufrido lo suyo. Los dos presos, Tornell y Berruezo, no comían demasiado bien -como todos- pero de vez en cuando Licerán les hacía pasar por su casa a que cenaran con él y con su familia. Tenía esposa y dos hijas, y la fortuna de verlas a diario, así que se sentía feliz compartiendo lo que se servía en su mesa con otros menos agraciados por el destino. De este modo, comprobó que el nuevo comenzaba a recuperarse poco a poco pese a las extenuantes jornadas a que se veían sometidos los penados. Colás, que echaba bastantes horas en el tajo, tenía para algún que otro extra y contribuyó a mejorar la alimentación de su amigo, pues sentía por él una gran admiración que venía desde los tiempos de la guerra. Juan Antonio Tornell cobró al fin su primer sueldo y pudo comprar una lata de chicharrones en la cantina. La segunda semana ahorró para comprar una hogaza de pan junto con Colás y otro preso, y a la tercera, su rostro ya no estaba ceniciento. El nuevo les contó que había escrito a su mujer a Barcelona -a la que llevaba seis años sin ver- y parecía ilusionado. No era hombre para ganarse el pan con las manos pero se esforzaba porque no quería que ni Colás ni Licerán, que lo habían fiado, pudieran tener problema alguno por su culpa.
La verdad era que Tornell sentía haber vuelto a la vida. Después de tantas penurias percibía que su cuerpo comenzaba a reaccionar, a recuperar el tiempo perdido y a sobreponerse al castigo recibido. Era algo así como volver a nacer.