
Cuando encontraron a los miembros de la avanzadilla se les cayó el alma a los pies. Se habían ensañado de veras con ellos: habían quemado vivos a dos hombres, pero lo peor fue lo que habían hecho con un crío de catorce años de Vinaroz, pelirrojo, una criatura. «El Panocha», le llamaba la tropa.
Lo habían violado brutalmente. Eran muchos. Luego, tras destriparlo, aún vivo, lo habían arrastrado durante cientos de metros. El sargento Juárez, que había caído herido tras los primeros disparos, logró ocultarse tras una inmensa coscoja para verlo todo. Había quedado como ido después de aquello.
De inmediato, el comandante Cuaresma había convocado una reunión con su gente de confianza, un capitán y tres tenientes, pero cuando se vino a dar cuenta, los sargentos habían avisado a la tropa que, en masa, quería participar en la toma de decisiones. Destacaba por su virulencia un sargento, un tal Tomás Benavides, que comandaba a los anarquistas venidos de Valencia y que eran mayoría en aquella unidad. Cuando el comandante expuso que en aquella ocasión el asunto era grave y que las decisiones técnicas debían ser tomadas por los militares, aquel tipejo le amenazó descaradamente recordándole que su antecesor había muerto de un disparo por la espalda durante una refriega con los fascistas.
El comandante Cuaresma comprobó con tristeza que sus oficiales chaqueteaban. Todos excepto uno. Un teniente llamado Juan Antonio Tornell y un sargento muy amigo suyo, Berruezo, le apoyaron manteniéndose firmes. Y por si fuera poco, cuando la cosa comenzaba a ponerse fea, apareció por allí un teniente coronel, un anarquista de nombre Oliveira que antes de la guerra era cerrajero y que, acompañado por un coronel, Satrústegui, insistieron en que en el Ejército Popular las decisiones se tomaban de manera asamblearia.
