
Eran oficiales del Estado Mayor de Juan Hernández. Un par de desocupados que estaban de excursión por el verdadero frente de combate. No quedó más remedio que reunir a la tropa. El comandante planteó su plan explicando cómo iban a asaltar el búnker. La idea era lanzar un ataque de distracción por el flanco derecho que permitiera al grueso de las fuerzas acercarse lo suficiente por el noroeste. Armados con las dos piezas de que disponían dispuestas a cota cero podrían atacar aquella mole de hormigón con ciertas garantías. De inmediato, los soldados se negaron alegando que ellos «no eran carne de cañón». Ni que decir tiene que el plan de Cuaresma fue rechazado por mayoría. Entonces los oficiales y el propio comandante tuvieron que asistir a la exposición de los planes más peregrinos, algunos incluso suicidas, que planteaban ahora un cabo, ahora un simple soldado y que fueron desechados uno tras otro. En aquel momento, un chaval de Cádiz al que apodaban «el Guarro», trapero de profesión, planteó una idea que encandiló a la asamblea. ¡Atar paquetes de dinamita a varios perros y lanzarlos contra el búnker!
Cuaresma se carcajeó pensando que era una broma, pero al momento, comprobó con asombro que no. No sólo la idea iba en serio, sino que era acogida por aquellos descerebrados con evidentes muestras de entusiasmo. ¿Cómo se iba a ganar así una guerra? Protestó enérgicamente y, una vez más, el teniente Tornell le apoyó. Sabía hacer valer su autoridad ante sus subordinados. El sargento Benavides, el anarquista, jaleó a la tropa y se votó de inmediato. El plan fue aprobado por mayoría. Un delirio. Cuaresma había intentado negarse, oponerse a aquella locura y Tornell se les había enfrentado abiertamente pero no había manera. Al comandante incluso se le había pasado por la cabeza fusilar a tres o cuatro, pero estaban demasiado levantiscos, no contaba con más allá de una docena de hombres para imponer el orden y los dos altos mandos recién llegados no habían hecho sino reforzar las posiciones de la tropa.