Cuaresma había tenido que soportar alusiones a su falta de valor -¡con lo que él había hecho en África!- e incluso que se le acusara de ser un agente de los fascistas. Tornell, muy valiente, había tenido que sacar la pistola y las cosas habían llegado a ponerse calientes ante aquellas acusaciones de cobardía. Entonces, con más coraje que ninguno de ellos, aquel joven oficial dijo que él iba con la avanzadilla pero que el sargento Benavides les acompañaba quisiera o no.

– ¡Por cojones! -había dicho sin dejar lugar a la duda.

Porque lo decía él, sin más. El otro no se había atrevido a negarse. Podían haberle tildado de cobarde.

A Cuaresma le constaba que dicho oficial, Juan Antonio Tornell, uno de los pocos apoyos con que contaba en aquella locura, había sido tanteado por comunistas y socialistas para que ingresara en sus partidos. Se comentaba que había sido policía de brillantísima hoja de servicios y que era un gran especialista en explosivos.

Con la caída de la tarde se puso en marcha el plan de aquellos descerebrados. Una avanzadilla de ciento cincuenta hombres, comandada por Tornell, se adelantó por el flanco derecho, cuyo relieve era más suave, con cinco perros a los que se ató la dinamita junto con un temporizador. La idea era disparar al aire para que corrieran hasta las líneas enemigas haciéndolas volar por los aires. Al anochecer, Cuaresma se dispuso a observar desde un promontorio con sus prismáticos mientras enviaba a un mensajero con detalles sobre el asunto para Juan Hernández que no sabía si llegaría a destino. Y en ésas estaba, mirando cómo avanzaban sus hombres, cuando había vuelto a la realidad desde sus propios pensamientos. La nieve brillaba aún y la temperatura había bajado por debajo de menos diez grados. Entonces escuchó disparos al aire.

– Ahí van -dijo su ayudante haciéndole ver que la operación estaba en marcha.

Cuaresma vio las figuras de los perros correr hacia el búnker en mitad de la noche.



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