
– ¡Rediós! ¿Qué es eso? -exclamó Cuaresma preguntando a sus subordinados.
– Van hacia los nuestros. ¡La dinamita! -acertó a musitar el operario del teléfono que seguía sin poder contactar con el Estado Mayor.
Los fascistas, alarmados por el ruido de los primeros disparos, comenzaron a hacer fuego y Cuaresma comprobó horrorizado que su gente había quedado atrapada en tierra de nadie. Entonces, en mitad del campo, sobre la gélida nieve, uno de los perros hizo explosión al pasar junto a los hombres que comandaba Tornell. Los demás animales debieron de explotar por simpatía al hallarse cerca, porque Cuaresma creyó ver al menos tres deflagraciones más. Una, dos, tres.
– ¡Ay, la Virgen! -exclamó alguien mientras el comandante cerraba los ojos sin poder creer lo que veía.
La perra, intacta, continuó corriendo a toda velocidad y llegó hasta las líneas republicanas perseguida por el último de los perros-bomba. Todos comenzaron a disparar a los dos canes pese a que el comandante, presa de la desesperación, intentó gritarles que no, que no lo hicieran, que iban a volar todos por los aires. Demasiado tarde.
– ¡Alto el fuego! ¡Alto el fuego, idiotas! -acertó a gritar el teniente Marín.
Algún imbécil hizo blanco y el perro voló justo al pasar junto al camión de la munición. La explosión fue inmensa e iluminó el campo como si fueran las tres de la tarde. El ruido fue ensordecedor. Parecía que se hubiera detenido el tiempo, como si todo transcurriera a cámara lenta.
