
Aprovechando aquella cegadora luz provocada por la deflagración y el subsiguiente incendio, varias ametralladoras fascistas barrieron a los trescientos del flanco izquierdo a placer pues habían quedado al descubierto cuando reculaban hacia las líneas republicanas.
El enemigo se permitió entonces lanzar incluso algunas bengalas para alumbrarse mejor. Mientras tanto, la confusión en la retaguardia era colosal: hombres muertos, amputados aquí y allá, lloros, gritos y órdenes a medias mientras que, en el campo, quedaban los cadáveres de tantos y tantos hombres salpicándolo todo de sangre. En el área de la avanzadilla de la izquierda, los hombres de Tornell aparecían horriblemente despedazados. Cuaresma salió de la trinchera, sin reparar en su propia seguridad, al descubierto. Por un rato quedó en cuclillas, mirando hacia donde se hallaban sus hombres, con las manos en la cabeza. Sus subordinados no se atrevían ni a dirigirle la palabra. La noche iba a ser larga, así que dispuso que los sanitarios atendieran a los heridos del campamento. Al fondo se escuchaban los alaridos de los moribundos en mitad del terreno. La temperatura llegó a alcanzar los veinte grados bajo cero y no se podía auxiliar a los heridos abandonados a su suerte en tierra de nadie, porque los fascistas comenzaron a hacer fuego barriendo la zona para impedir que llegaran las asistencias. Con las primeras luces del alba aquella tragedia cobró su verdadera dimensión. Un desastre. Cuando la cosa se hubo calmado, el ayudante de Cuaresma llevó a éste el recuento de bajas. Estremecedor: trescientas veinticinco. Trescientas veinticinco bajas por seguir el plan de ¡un trapero de Cádiz! El comandante mandó que se lo trajeran para fusilarlo allí mismo, pero, tras buscarlo por todas partes, a eso de las doce de la mañana, le dijeron que el muy ladino ¡se había pasado a los fascistas! Cuaresma echó un vistazo con sus prismáticos y pudo ver cómo cogían vivo a Tornell, el único oficial serio de que disponía.
