Pudo ver, entre lágrimas de rabia y desesperación, cómo se lo llevaban entre empellones pese a que cojeaba ostensiblemente y que llevaba la pierna derecha empapada en sangre. Pensó que ojalá hubiera muerto. No le deseaba lo que tenía por delante. A buen seguro iba a ser brutalmente torturado por aquellos bestias para averiguar los planes de batalla de los republicanos. Un buen hombre. Una pena.

Fue entonces cuando decidió ir a ver personalmente a Juan Hernández Saravia. Estaba decidido. Si no depuraba al teniente coronel Oliveira y al coronel Satrústegui, aquellos dos desalmados de su Estado Mayor que habían vuelto a la comodidad de sus despachos tras provocar aquella debacle, se pegaría un tiro. No podía pasarse al enemigo, al que despreciaba, y no podía desertar, un militar de raza nunca lo haría; así que, si no le tomaban en serio y no se castigaban aquellos hechos con severidad, se quitaría de en medio.

SEGUNDA PARTE

Octubre-diciembre de 1943

Capítulo 2. Cuelgamuros

Juan Licerán siempre fue carne de obra. Estaba escrito así desde el día de su nacimiento pues su familia era pobre y todos tenían que echar una mano para poder salir adelante. Hijo y nieto de albañiles, no podía sino dedicarse a la paleta y el andamio. Se estrenó nada menos que a los nueve años, ayudando a su padre en lo que podía, y no sabía de otra cosa que trabajar como un animal de sol a sol aprendiendo el oficio que había de proporcionarle sustento para toda la vida. Es por esto que, cuando estalló la guerra, era ya hombre de confianza en la empresa donde trabajaba y tenía asignados a su cargo a un buen puñado de empleados. Como nunca fue amigo de politiqueos pero, por edad, le correspondía acudir a filas, desempeñó labores de logística en el Ejército de la República, trabajando en tareas de fortificación hasta que cayó Madrid.



9 из 263