
El fugitivo, que tendría poco más de veinte años, era sin duda un joven hermoso, aunque la belleza se descomponía ahora en su rostro, tomado por la angustia. En las mejillas encendidas, cubiertas por los rasguños que le había producido la maleza, había restos de sangre y suciedad. Sin embargo, lo que más distorsionaba sus facciones era el miedo que se dibujaba en sus ojos oscuros y desorbitados. El joven había cedido al miedo, su cuerpo entero expelía miedo, como si cubriera el sudor que manaba de él.
Corría hacia el lago levantando el hábito con las manos para no tropezar y facilitar su zancada. Hacía mucho que había perdido las sandalias. Iba descalzo, con los pies lacerados y cubiertos de heridas. Era ajeno al dolor, lo único que no ocupaba sus pensamientos. Un aro de hierro le rodeaba el tobillo izquierdo; era un grillete como el de un preso o un esclavo con un eslabón circular a través del cual podía pasarse una cadena o una cuerda.
Cuando apenas había avanzado unos cientos de metros, el joven se convenció de que era inútil seguir buscando dónde esconderse, ya que alrededor del lago no había más que pequeños arbustos.
La orilla recibía a diario la visita de animales salvajes, y a su alrededor no había hierba alta, ni tojos. Incontables criaturas habían masticado las plantas hasta convertirlas en rastrojos con el paso de los años. No había lugar posible donde ocultarse.
Con un extraño gruñido de desesperación, el joven se detuvo y levantó las manos en señal de impotencia. Luego se dirigió hacia las escarpadas colinas donde estaba la cabra salvaje, impasible, absorta en su indiferencia. El joven, exasperado, empezó a subir por la rocosa ladera a trompicones. Se enganchó un pie en un desgarrón del hábito, tropezó y cayó pesadamente. Perdió el poco aliento que le quedaba.
