
En aquel momento, el primero de los perseguidores surgió del bosque.
Tres hombres a pie le siguieron a todo correr, cada uno con una correa en la mano, a las que iban atados tres enormes perros alanos. Al ver a la presa, los animales tiraron de las correas que los sujetaban, babeando y ladrando. Los tres cazadores emprendieron la carrera con facilidad, pero el joven estaba exhausto para hacer el esfuerzo de huir. Se había incorporado apoyándose en un codo y jadeaba, medio sentado, medio echado, mientras los hombres se acercaban. Sus facciones reflejaban una resignación aterradora.
– No soltéis a los perros -gritó en un tono que denotaba inquietud, a medida que se acercaban los hombres y, con ellos, las voces-. No seguiré huyendo.
Ninguno de los tres contestó. Se limitaron a detenerse delante del joven y, aunque sujetaban bien las correas, los perros casi lo tocaban. Los cánidos tiraban con fuerza, gañendo de ansiedad por alcanzarle; con baba en los hocicos, las enormes lenguas casi le tocaban la piel. Al sentir el calor del aliento, el joven se apartó, arrastrándose.
– ¡Sujetadlos, por el amor de Dios! -gritó, a la vez que sus movimientos provocaban que los perros tiraran más de las correas, abriendo y cerrando las mandíbulas.
– ¡No te muevas! -ordenó con brusquedad uno de los cazadores, dando un firme tirón de correa para controlar al animal.
Los otros dos apaciguaron a sus perros.
Entonces salió del bosque una cuarta figura a caballo. Al verla, el joven parpadeó, azorado. Apretó las comisuras de los labios, como si temiera más a aquella figura que a los amenazadores alanos que tenía ante sí. La figura era esbelta, iba montada a sus anchas en la silla, y cabalgaba con las riendas flojas, lo cual permitía al caballo andar con toda tranquilidad, como si estuvieran dando un paseo matinal, sin prisa. Se detuvo un momento para contemplar la escena.
