A sus pies, una espesura de árboles y matorrales cubría el valle hasta llegar casi a la orilla del lago. El bosque se extendía por la parte norte de la vaguada y se precipitaba hasta llegar a unos cuarenta metros del lago, donde las matas de brezo y aulaga se imponían, ocupando el resto de la cuenca. La vegetación que inundaba el sotobosque estaba formada, sobre todo, por maleza espinosa, de ramas firmes y espinas puntiagudas, no muy distintas de los ciruelos mirabolanos que crecían entre ellas, envolviendo la envergadura de los gruesos troncos de los robles cuyas ramas enormes y retorcidas, y majestuosas copas, cubrían la espesura. A través de un camino oscuro y estrecho del bosque se acercaba el sonido de alguien que avanzaba a toda prisa entre la barrera de ramas y matas que le dificultaban el paso.

De la maleza surgió la figura de un hombre joven. Se detuvo en seco, respirando agitadamente, como si tratara de controlar en vano un aliento irregular y entrecortado, y abrió los ojos con desazón al descubrir ante sí la expuesta vastedad del valle, cuyos lados ascendían en suave pendiente hacia unas colinas pedregosas. Su garganta emitió un leve gemido al no encontrar un lugar donde esconderse en el desnudo paisaje que tenía ante sí. Se volvió hacia el bosque, pero oyó la proximidad de sus perseguidores. Estaban muy cerca, pero la espesura los ocultaba. Los perros ya no aullaban: emitían ladridos frenéticos de excitación al detectar la cercanía de la presa.

Un adusto gesto de desesperación se fijó en el rostro del joven. Con un grito contenido, dio media vuelta y reanudó su torpe carrera en dirección al valle. Vestía un traje largo y sencillo, el hábito de un religioso. Estaba rasgado, y algunas ramas con espinos, las más pequeñas, se habían enganchado donde la lana era demasiado fuerte para poder ser desgarrada.



9 из 320