
Ibor de Muirthemne.
Mer, mensajero.
En otros lugares
Mael Dúin, de los Uí Néill del norte, rey de Ailech.
Ultan, obispo de Armagh, sucesor de Patricio.
Sechnassuch, de los Uí Néill del sur, rey supremo de Tara.
Capítulo 1
Se acercaban cazadores. Humanos. Los aullidos estremecedores de sus perros resonaban por la estrecha cañada. Sobre las aguas de una laguna apareció un zarapito moteado de rabadilla blanca, que alzó el vuelo a su pesar al tener que dejar atrás un potencial surtido de cangrejos; abrió el largo pico curvado para soltar, irritado, un chillido de alarma, inquietante y quejumbroso: «¡Cu-li! ¡Cu-li!», y remontó el vuelo hasta no ser más que una mancha negra moviéndose en círculos cada vez más amplios hacia un cielo límpido. El único elemento que había en la bóveda celeste era la inmensa esfera fulgurante y áurea, que descendía ya por la mitad oeste del cielo y cuyos rayos cabrilleaban sobre las aguas añiles del lago, como una miríada de joyas refulgentes al tocarlas.
Era un día caluroso y lánguido. Pero el letargo de la atmósfera se veía ahora perturbado, cuando la inquietud general empezó a extenderse. Una nutria, combando tras su luengo cuerpo una tenaz cola, echó a correr encorvada y con pasos oscilantes para ponerse a cubierto en el agua. En un sendero, un gamo de cornamenta palmeada, aún cubierto de un pelaje aterciopelado que no tardaría en mudar con la llegada del celo, se detuvo alzando el hocico. Si el aullido de los perros no lo hubiera anunciado, al percibir el peculiar rastro del hombre, el único depredador temido, el animal habría huido hacia arriba buscando la protección de las montañas, lejos de la amenaza que se aproximaba. Sólo un animal siguió mordisqueando la aulaga y el brezo, ajeno a la actividad frenética de las demás criaturas del bosque. De pie, firme sobre una prominencia rocosa, había una cabra salvaje, pequeña y lanuda, de cuernos incipientes. Sin dejar de mover rítmicamente las mandíbulas, se mantuvo impertérrita, indiferente y apática.
