Ella le correspondió con un gesto apreciativo de los labios y recogió el cigarrillo del cenicero.

—Sigo siendo oficinista en Estudios de Ingeniería. Eso me mantiene en contacto directo con todas las otras oficinas, incluido el cuartel general. Así que sé exactamente lo que se ha hecho por Keith… ¡y no es suficiente! ¡Están abandonándolo! Manse, ¡si no lo ayudas, Keith es hombre muerto!

Se detuvo, temblando. Para dar algo más de tiempo, Everard repasó la carrera de Keith Denison.

Nacido en Cambridge, Massachusetts, en 1927, de una familia acomodada. Obtuvo un doctorado en arqueología con una distinguida tesis a los veintitrés años, después de haber ganado un campeonato universitario de boxeo y haber atravesado el Atlántico en un ketch de nueve metros. Reclutado en 1950, sirvió en Corea con un valor que le hubiese aportado cierta fama en una guerra más popular. Y, sin embargo, tenías que conocerlo bastante para llegar a saber alguna de esas cosas. Hablaba, con un talento para el humor seco, de cosas impersonales, hasta que había trabajo que hacer. Entonces, sin mayores contemplaciones, lo hacía. Claro —pensó Everard—, el mejor hombre se lleva a la chica. Keith hubiese podido convertirse con facilidad en un agente No asignado de haber querido. Pero tenía raíces aquí que yo no tengo. Más estable, supongo.

Licenciado y sin nada que hacer en 1952, Denison entró en contacto con un agente de la Patrulla y fue reclutado. Había aceptado el hecho del viaje en el tiempo con más facilidad que la mayoría. Tenía una mente flexible y, después de todo, era arqueólogo. Una vez entrenado, descubrió una feliz coincidencia entre sus propios intereses y las necesidades de la Patrulla; se convirtió en un Especialista, Protohistoria IndoEuropea Oriental, y en muchos aspectos, en un hombre más importante que Everard.



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