– Bueno, cuando los negros usan esa palabra, como dice que lo hizo el señor Woodson, ¿de quién están hablando?

Vincent protestó, argumentando que Torrance no podía hablar por lo que otros hombres decían. Companioni admitió la protesta y yo me tomé un momento para volver a trazar el camino a la respuesta que quería.

– Vamos a ver, señor Torrance -dije por fin-. Hablemos sólo de usted, entonces, ¿de acuerdo? ¿Usa esa palabra en alguna ocasión?

– Creo que sí.

– Muy bien, y cuando la usa ¿a quién se refiere?

Torrance se encogió de hombros.

– A otros tipos.

– ¿Otros hombres negros?

– Eso es.

– ¿En alguna ocasión se ha referido a hombres blancos como negratas?

Torrance negó con la cabeza.

– No.

– Muy bien, así pues, ¿qué cree que significaba cuando Barnett Woodson describió a los dos hombres a los que tiró al embalse como negratas?

Vincent rebulló en su asiento y su lenguaje corporal insinuó que iba a protestar, pero no llegó a formular la objeción verbalmente. Debió de darse cuenta de que sería inútil. Había llevado a Torrance a una ratonera y era mío.

Torrance respondió la pregunta.

– Entendí que eran negros y que los mató a los dos.

Ahora el lenguaje corporal de Vincent cambió de nuevo. Se hundió un poco más en el asiento, porque sabía que su apuesta de poner a un chivato carcelario en el estrado de los testigos acababa de salirle rana.

Miré al juez Companioni. El también sabía lo que se avecinaba.

– Señoría, ¿puedo acercarme al testigo?

– Puede hacerlo -dijo el juez.

Caminé hasta el estrado de los testigos y puse la carpeta delante de Torrance. Estaba raída y era de color naranja, un color usado en las cárceles del condado para identificar documentos legales privados que un recluso está autorizado a poseer.

– Bien, señor Torrance, he puesto delante de usted una carpeta en la cual el señor Woodson guarda documentos de revelación que sus abogados le han proporcionado en prisión. Le pregunto una vez más si la reconoce.



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