
– He visto un montón de carpetas naranjas en máxima seguridad. Eso no significa que haya visto ésta.
– ¿Está diciendo que nunca vio al señor Woodson con su carpeta?
– No lo recuerdo exactamente.
– Señor Torrance, estuvo en el mismo módulo que el señor Woodson durante treinta y dos días. Testificó que confiaba en usted y que le hizo una confesión. ¿Está diciendo que nunca lo vio con esta carpeta?
Al principio no respondió. Lo había arrinconado y no tenía escapatoria. Esperé. Si continuaba asegurando que nunca había visto la carpeta, su afirmación de una confesión de Woodson sería sospechosa a ojos del jurado. Si finalmente concedía que estaba familiarizado con la carpeta, me abriría una puerta enorme.
– Lo que estoy diciendo es que lo vi con su carpeta, pero nunca miré lo que había dentro.
Bang. Lo tenía.
– Entonces le pediré que abra la carpeta y la inspeccione.
El testigo siguió mis instrucciones y miró de un lado al otro de la carpeta abierta. Volví al atril, observando a Vincent en mi camino. Tenía la mirada baja y la tez pálida.
– ¿Qué ve cuando abre la carpeta, señor Torrance?
– A un lado hay fotos de los dos muertos en el suelo. Están grapadas. Y al otro lado hay un montón de papeles, informes y tal.
– ¿Puede leer el primer documento del lado derecho? Sólo lea la primera línea del sumario.
– No, no sé leer.
– ¿No sabe leer nada?
– La verdad es que no. No fui a la escuela.
– ¿Puede leer alguna de las palabras que están al lado de las casillas que están marcadas en la parte superior del sumario?
Torrance miró la carpeta y sus cejas se juntaron en ademán de concentración. Yo sabía que habían probado su capacidad de lectura durante su último periodo en prisión y se había determinado que estaba en el mínimo nivel mensurable, por debajo de la de un alumno de segundo grado.
