
– Eso es lo que parece. Pero no había visto las fotos antes, sólo sé lo que él me dijo.
– ¿Está seguro?
– Algo así no lo olvidaría.
– Nos ha dicho que el señor Woodson confesó haber matado a dos hombres negros; sin embargo, se le juzga por haber matado a dos hombres blancos. ¿No cree que da la impresión de que no confesó en absoluto?
– No, él confesó. Me dijo que mató a esos dos.
Miré al juez.
– Señoría, la defensa solicita que la carpeta que está delante del señor Torrance sea admitida como prueba documental número uno de la defensa.
Vincent protestó por falta de fundamento, pero Companio-ni desestimó la objeción.
– Se admitirá y dejaremos que el jurado decida si el señor Torrance ha visto o no las fotografías y el contenido de la carpeta.
Estaba embalado y decidí ir a por todas.
– Gracias -dije-. Señoría, ahora también sería un buen momento para que el fiscal recordara a su testigo las penas por perjurio.
Era un movimiento teatral hecho a beneficio del jurado. Suponía que tendría que continuar con Torrance y sacarle las vísceras con la daga de su propia mentira. Pero Vincent se levantó y le pidió al juez un receso para hablar con el letrado de la parte contraria.
Supe que acababa de salvar la vida de Barnett Woodson.
– La defensa no tiene objeción -le dije al juez.
3
Después de que se vaciara la tribuna del jurado, regresé a la mesa de la defensa cuando el alguacil estaba entrando para esposar a mi cliente y volver a llevarlo al calabozo.
– Ese tipo es un mentiroso de mierda -me susurró Wood-son-. Yo no maté a dos negros. Eran blancos.
Tenía la esperanza de que el alguacil no lo hubiera oído.
– ¿Por qué no cierras la puta boca? -le respondí en otro susurro-. Y la próxima vez que veas a ese mentiroso de mierda en el calabozo, deberías darle la mano. Por sus mentiras, el fiscal está a punto de renunciar a la pena de muerte y presentar un trato. Iré a contártelo en cuanto lo tenga.
