
Woodson negó con la cabeza teatralmente.
– Sí, bueno, puede que ahora no quiera ningún trato. Han puesto a un maldito mentiroso en el estrado, tío. Todo este caso se va por el retrete. Podemos ganar esta mierda, Haller. No aceptes el trato.
Miré a Woodson un segundo. Acababa de salvarle la vida, pero quería más. Se sentía con derecho, porque la fiscalía no había jugado limpio. No importaba la responsabilidad por los dos chicos a los que acababa de reconocer haber matado.
– No te pongas ansioso, Barnett -le dije-. Volveré con noticias en cuanto las tenga.
El alguacil se lo llevó por la puerta de acero que conducía a las celdas anexas a la sala del tribunal. Lo observé salir. No tenía falsas ideas respecto a Barnett Woodson; nunca se lo había preguntado directamente, pero sabía que había matado a aquellos dos chicos del Westside. Eso no me preocupaba. Mi trabajo consistía en sopesar las pruebas presentadas contra él con mis mejores aptitudes, así era como funcionaba el sistema. Lo había hecho y me habían dado la daga. Ahora la usaría para mejorar su situación significativamente, pero el sueño de Woodson de quedar impune del caso de los dos cadáveres que se habían puesto negros en el agua no estaba en la baraja. Quizás él no lo había comprendido, pero su mal pagado y mal apreciado abogado de oficio ciertamente sí lo había hecho.
Después de que la sala se vaciase, Vincent y yo nos quedamos mirándonos mutuamente, cada uno desde su respectiva mesa.
– ¿Y?-dije.
Vincent negó con la cabeza.
– En primer lugar -dijo-, quiero dejar claro que obviamente no sabía que Torrance estaba mintiendo. -Claro.
– ¿Por qué iba a sabotear mi propio caso así?
No hice caso del mea culpa.
