– No juego al golf, Lorna.

– Bueno, no se me ocurrió nada.

– Está bien, llamaré a la juez. Dame el número.

– Mickey, no llames. Preséntate directamente. La juez quiere verte en su despacho. Fue muy clara en eso y no me dijo por qué. Así que ve.

– Vale, ya voy. He de vestirme.

– ¿Mickey?

– ¿Qué?

– ¿Cómo estás de verdad?

Conocía su código. Sabía lo que estaba preguntándome. No quería que compareciera delante de un juez si no estaba preparado para ello.

– No te preocupes, Loma. Estoy bien. No me pasará nada.

– Vale. Llámame y dime lo que está pasando en cuanto puedas.

– Descuida, lo haré.

Colgué el teléfono, sintiéndome como si me estuviera mangoneando mi mujer, no mi ex mujer.

5

Como presidenta del Tribunal Superior de Los Ángeles, la juez Mary Townes Holder hacía la mayor parte de su trabajo a puerta cerrada. Su sala se usaba en alguna ocasión para vistas de emergencia sobre mociones, pero rara vez para la celebración de juicios. Su trabajo se hacía lejos de la vista del público, en su despacho. Su cometido se centraba sobre todo en la administración del sistema de justicia en el condado de Los Ángeles. Más de doscientos cincuenta juzgados y cuarenta tribunales se hallaban bajo su potestad. En cada citación que se echaba al correo para formar parte de un jurado figuraba su nombre, y cada espacio de aparcamiento asignado en un garaje del tribunal contaba con su aprobación. Holder asignaba jueces tanto por geografía como por ámbito legal: penal, civil, de menores o de familia. Cuando se elegían nuevos magistrados, era la juez Holder quien decidía si su destino era Beverly Hills o Compton, y si juzgarían causas financieras de altos vuelos en un tribunal civil o demandas de divorcio que te secaban el alma en tribunales de familia.

Me había vestido deprisa con lo que consideraba mi traje de la suerte.



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