
– No lo sé. Nadie me ha prometido nada.
– Con sus antecedentes y los cargos que se le imputan, se enfrenta a más de quince años en prisión si lo condenan, ¿es cierto?
– No sé nada de eso.
– ¿ Ah no?
– No, señor. Se ocupa mi abogado.
– ¿ No le ha dicho que si no hace nada para impedirlo, podría ir a prisión durante mucho, mucho tiempo? -No me ha dicho nada de eso.
– Ya veo. ¿Qué le ha pedido al fiscal a cambio de su testimonio?
– Nada. No quiero nada.
– Así pues, está testificando aquí porque cree que es su deber como ciudadano, ¿es correcto?
El sarcasmo en mi voz era inequívoco.
– Exacto -respondió Torrance con indignación.
Levanté la gruesa carpeta por encima del estrado para que pudiera verla.
– ¿Reconoce esta carpeta, señor Torrance?
– No. No que yo recuerde.
– ¿Está seguro de no haberla visto en la celda del señor Woodson?
– Nunca estuve en su celda.
– ¿Está seguro de que no se coló allí y miró en el archivo de revelación de pruebas cuando el señor Woodson estaba en la sala o en la ducha, o quizás en el patio?
– No, no lo hice.
– Mi cliente tenía muchos de los documentos de investigación relacionados con su acusación en la celda. Estos contenían varios de los detalles sobre los que usted ha testificado esta mañana. ¿No cree que es sospechoso?
Torrance negó con la cabeza.
– No. Lo único que sé es que se sentó allí y me dijo lo que había hecho. Estaba mal y se desahogó. ¿Qué culpa tengo de que la gente se me confíe?
Asentí como si me compadeciera de la carga que Torrance tenía que soportar por ser un hombre al que los demás se confiaban, especialmente cuando se trataba de dobles homicidios.
– Por supuesto, señor Torrance. Ahora, puede decir exactamente al jurado lo que le dijo. Y no use los atajos que usó cuando el señor Vincent le hacía las preguntas. Quiero oír exactamente lo que mi cliente dijo. Cítenos sus palabras, por favor.
