
Torrance hizo una pausa como para hurgar en su recuerdo y componer sus ideas.
– Bueno -dijo finalmente-, estábamos allí sentados, los dos solos y tal, y empezó a hablar de que estaba mal por lo que había hecho. Le pregunté: «¿Qué hiciste?», y me habló de la noche en que mató a los dos tipos y dijo que se sentía fatal.
La verdad es corta. Las mentiras son largas. Quería que Torrance hablara en extenso, algo que Vincent había logrado evitar. Los chivatos de la cárcel tienen algo en común con todos los timadores y los mentirosos profesionales: buscan esconder el engaño con desorientación y bromas. Envuelven sus mentiras con algodón. Pero entre toda esa pelusa muchas veces encuentras la clave para desvelar la gran mentira.
Vincent protestó de nuevo, argumentando que el testigo ya había respondido a las preguntas que estaba planteando yo y que simplemente estaba insistiéndole en este punto.
– Señoría -respondí-, este testigo está poniendo una confesión en boca de mi cliente. Por lo que respecta a la defensa, es la clave del caso. El tribunal sería negligente si no me permitiera explorar completamente el contenido y contexto de un testimonio tan devastador.
El juez Companioni ya estaba asintiendo con la cabeza antes de que yo terminara la última frase. Desestimó la protesta de Vincent y me pidió que procediera. Volví mi atención al testigo y hablé con una nota de impaciencia en mi voz.
– Señor Torrance, todavía está resumiendo. Asegura que el señor Woodson le confesó los crímenes. Así pues, dígale al jurado lo que él le contó. ¿Cuáles fueron las palabras exactas que dijo cuando confesó su crimen?
Torrance asintió como si sólo entonces se diera cuenta de lo que estaba preguntando.
– Lo primero que me dijo fue «Tío, estoy fatal». Y yo le pregunté «¿Por qué, hermano?». El contestó que no paraba de pensar en aquellos dos tipos. No sabía de qué estaba hablando, porque, como he dicho, no había oído nada del caso.
