— ¡Menuda nochecita! — dijo —. ¿Son tres?

— Sí, tres.

Cubrían las camillas unas fundas inflables de plástico. Los tres hombres, que estaban de guardia en el piso inferior de la mina, habían sufrido quemaduras de pronóstico grave y dormían. Aquel mismo día los evacuarían a la Tierra.

Salias, las mejillas recubiertas de la rojiza pelambre que le había crecido aquella noche, ayudó a Pavlysh y al chofer a introducir las camillas en el lunabus. Él se quedaría en la mina, y Pavlysh acompañaría a las víctimas hasta Lunaport.

Una hora después, Pavlysh quedó, por fin, libre y pudo regresar al gran túnel de la ciudad. habían apagado los reflectores y, por ello, los globos, las guirnaldas de flores y los farolillos, ya sin luz, parecían algo ajeno, que había ido a parar allí incomprensiblemente. El piso estaba sembrado de confeti y de pedazos de serpentina. En algún que otro lugar se veían cofias de papel y antifaces perdidos por las máscaras, había allí también un chafado chapeo de mosquetero. Un robot-basurero se afanaba en un rincón con su recogedor, desconcertado porque nunca había visto tal desorden.

Pavlysh se acercó al tablado. Unas horas atrás se hallaba en el mismo lugar esperando a Marina Kim. Alrededor había entonces mucha gente, y Bauer, enfundado en su negra sotana, bailaba con una verde ondina…

Pegada con papel engomado a una pata del piano veíase una esquela. En ella podía leerse en grandes letras cuadradas: «PARA EL HÚSAR PAVLYSH».

Pavlysh tomó la esquela de una punta y tiró de ella. Súbitamente el corazón se le encogió de espanto, al pensar que hubiera podido no volver allí. En la hoja de papel había unas líneas torcidas escritas por mana presurosa:



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