— ¿Es médico? — preguntó Spiro, el gordinflón, cuando Pavlysh se hubo acercado —. Yo lo tomé por Galagan. Incluso le encomendé una tarea. En fin, yo me voy. Póngalo al corriente usted mismo. Debo dar urgentemente con Sidorov.

— Vamos, Slava — dijo Bauer —, te lo contaré todo por el camino.

Sobre sus cabezas tronaba la orquesta, y las patas del piano temblequeaban. Alrededor bailaba la gente. No obstante, Pavlysh percibió cierta nota ajena en el alborozo general. Entre las máscaras habían aparecido varios hombres sin disfrazar, que se movían presurosos y diligentes. Buscaban en aquella aglomeración a las personas a quienes necesitaban, les deslizaban unas palabras al oído, las parejas se deshacían, y los bailarines con quienes aquellos hombres habían hablado abandonaban la sala.

— En la mina se ha producido una explosión — dijo quedamente Bauer —. Dicen que no es nada terrible, pero hay quien ha sufrido quemaduras. No se va a anunciar. Que continúe la fiesta.

— ¿Queda eso lejos?

— ¿No has pasado nunca por allí?

— Es el primer día que estoy aquí.

Ante el ascensor se habían reunido unas cinco o seis personas.

Pavlysh comprendió en seguida que sabían todo lo que estaba ocurriendo. Todos se habían despojado de las caretas, y con ellas había desaparecido el despreocupado espíritu de la fiesta. Unos mosqueteros, un alquimista, un hombre de Neanderthal embutido en piel sintética y una bella dama de honor se habían olvidado de que se hallaban en un baile de máscaras y llevaban disfraces. Pero el baile de máscaras era ya cosa del pasado… Y la música, cuyas ondas sonoras llegaban hasta el ascensor, y el denso ruido de la sala no eran más que el fondo de la adusta realidad…


Ya amanecía, cuando Pavlysh se hallaba junto a las camillas que habían sacado del compartimiento de sanidad de la mina y esperaba a que el lunabus se situara del modo más conveniente para meter en el a los lesionados. A través de la transparente cúpula, lucía la Tierra, rayada, y Pavlysh advirtió que sobre el Pacífico se formaba un ciclón. El conductor saltó de la cabina y abrió la puerta trasera del lunabus. El hombre había enflaquecido en el transcurso de aquella noche.



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