«Perdone que no pudiera venir a tiempo. Me descubrieron. La culpa de todo la tengo yo misma. Adiós, y no me busque. Si no le olvido, procuraré dar con usted dentro de dos años.

Marina».


Pavlysh releyó la esquela. Parecía proceder de una vida distinta, incomprensible. Cenicienta lloraba en el rellano de la escalera. Cenicienta dejaba una esquela en la que comunicaba que la habían descubierto y pedía que no la buscara. Aquello semejaba más bien propio de una antigua novela gótica saturada de misterios. La negativa de un encuentro debía ocultar grito mudo pidiendo ayuda, pues los raptores de la bella desconocida habían espiado cada uno de sus pasos, y, llena de temor por su elegido, bañada en lágrimas, la infeliz joven había tenido que escribir, al dictado de un canalla tuerto, aquella carta. Mientras, el elegido…

Pavlysh se sonrió irónico. Los románticos misterios eran fruto del abonado terreno del baile de máscaras. Tonterías, tonterías…

Cuando hubo regresado a la habitación de Salias, Pavlysh se duchó y se tendió luego en el diván.

Lo despertó el timbre del videófono. Pavlysh se levantó apresuradamente y miró el reloj. Eran las ocho y veinte. Salias no había vuelto allí. En la pantalla sonreía Bauer, con su planchado uniforme de navegante de la Flota de Altura, rozagante, afeitado, diligente.

— ¿Has dormido un poco, Slava? ¿No te he despertado?

— Dormí unas tres horas.

— Oye, Pavlysh, he hablado con el capitán. Vamos, cargados, a Epístola. En el rol de la nave hay una vacante de médico. Puedes volar con nosotros. ¿Qué me dices?

— ¿Cuándo salís?

— La canoa se va al punta de partida a las diez. ¿Te dará tiempo?



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