— Sí.

— Muy bien. Por cierto, he dicho ya al jefe de movimiento que vuelas con nosotros de médico de a bordo.

— ¿Quiere decirse que toda la conversación fue pura formalidad?

— Naturalmente.

— Gracias, Gleb.

Pavlysh desconectó el videófono y se puso a escribir una nota para Salias.


Al cabo de medio año, cuando regresaba a la Tierra, Pavlysh hubo de detenerse en el planetoide Askor. Allí debía arribar la nave «Praga» con equipos para las expediciones que trabajaban en aquel sistema. De Askor, la «Praga» daría el Gran Salto a la Tierra.

Pavlysh llevaba en el planetoide dos días. Conocía ya a todos y todos lo conocían a él. Iba de visita, tomaba té, dio una charla acerca de los progresos de la reanimación y jugar una simultánea de ajedrez en la que, para vergüenza de la Flota de Altura, perdió la mitad de las partidas. Pero la «Praga» no llegaba.

Pavlysh se dio cuenta de una extraña peculiaridad de su persona. Si llegaba a algún sitio en donde había de pasar un mes, los primeros veintiocho días transcurrían sin que se diera cuenta, pero los dos últimos se prolongaban una tediosa eternidad. Si lo destinaban a algún sitio por un año, vivía normalmente once meses y medio. Esta vez le ocurría lo mismo. Casi medio año no había pensado en su casa, no tenía tiempo para ello. Pero la última semana era un verdadero suplicio. Los ojos estaban cansados de ver nuevos prodigios, y los oídos de escuchar canciones de mundos lejanos… ¡A casa, a casa, a casa!

Pavlysh mataba el tiempo en la cantina, leyendo la inmortal obra de Maquiavelo La historia de Placencia, que era el tomo más voluminoso de la biblioteca. La geólogo Ninochka, tras el mostrador, fregaba perezosamente unas copas. En la cantina hacían guardia todos, por turno.

El planetoide se estremeció. Parpadearon las bombillas del techo.

— ¿Quién ha llegado? — preguntó Pavlysh, con tímida esperanza.



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