— Un carguero local — respondió Ninochka —. De cuarta clase.

— No saben atracar — dijo el mecánico Ahmet, que, sentado a un velador, engullía unas salchichas.

Pavlysh exhaló un suspiro. Los ojos de Ninochka expresaban viva compasión.

— Slava — dijo la joven —, es usted un enigmático peregrino a quien el viento estelar lleva de un planeta a otro. No recuerdo en dónde leí de un hombre así. Es usted cautivo de la mala suerte.

— Muy bien dicho. Soy cautivo, peregrino y mártir.

— Si es así, no sufra. La suerte decidirá todo por usted.

La suerte apareció en la puerta de la cantina encarnada en un hombre bajo y grueso de penetrantes ojuelos negros. Se llamaba Spiro, y Pavlysh lo recordaba.

— Bien — dijo Spiro con la voz de un hombre recién llegado de la galaxia vecina —, ¿qué se puede tomar aquí? ¿Qué ofrece este salón a un solitario cazador?

Ninochka dejó en el mostrador una copa de limonada, y Spiro se acercó, anadeando.

— ¿No tienen nada más sustancial? — preguntó —. Prefiero el ácido nítrico.

— Ya no queda — le explicó Ninochka.

— Hace poco llegaron unos piratas cósmicos de la Estrella Negra — terció Pavlysh en la conversación —. Se soplaron tres barricas de ron y luego hicieron saltar por los aires el alambique. Pasamos a la ley seca.

— ¿Qué? — preguntó, alarmado, Spiro —. ¿Piratas?

Quedó inmóvil, la copa de limonada en la mano, pero, al punto, reconoció a Pavlysh.

— Oye — dijo —, yo te conozco.

En aquel mismo instante farfulló el altavoz, y el jefe de movimiento pronunció:

— Pavlysh, sube aquí. Doctor Pavlysh, ¿me oyes?

Las palabras de Spiro alcanzaban a Pavlysh y lo empujaban por la espalda.

— ¡Te espero aquí! No se te ocurra ir a ninguna parte. No sabes la falta que me haces. No puedes imaginártelo.

El pequeño y siempre nostálgico tamil que llevaba ya dos anos trabajando allí de jefe de movimiento, dijo a Pavlysh que la «Praga» tardaría, por lo menos, unos cinco días.



13 из 72