
Pavlysh aparentó que la noticia no lo afectaba, pero temía que no podría sobrevivir aquello. Bajó a la cantina, haciendo sonar las herraduras de su calzado.
Spiro se hallaba en medio del local, con la copa vacía. Sus ojos negros despedían centellas, como si quisiera quemar el plástico del mostrador.
— ¿Qué calamidad es ésta? — preguntaba a Ninochka —. Les voy a arrancar la cabeza a todos. ¡Frustrar una empresa tan importante! ¡Engañar a los camaradas! ¡Algo inaudito! Eso no había ocurrido nunca en toda la historia de la flota. Simplemente han olvidado, ¿comprendes? han olvidado en Tierra-14 dos contenedores. ¡Fíjate bien, no uno, sino dos! ¿Qué te parece?
— ¿Era importante el cargamento? — preguntó Pavlysh.
— ¿Importante? — a Spiro le tembló la voz. Pavlysh temió que pudiera echarse a llorar. Pero Spiro no lo hizo. Miraba a Pavlysh. Y este se sintió como un ratón en el que hubiera puesto sus ojos un gato famélico —. ¡Galagan! — dijo Spiro —. Tú eres nuestra salvación.
— Yo no soy Galagan; soy Pavlysh.
— Cierto, Pavlysh. Tú y yo liquidamos las consecuencias de la explosión en una mina de la Luna. Cientos de víctimas, un fuego volcánico. Yo te saqué de entre las llamas, ¿cierto?
— Casi.
— ¿Ves? estás en deuda conmigo. En Sentipera hay en el segundo almacén unos contenedores de reserva. No sabía que habrían de hacerme falta, pero no los di a nadie. Tú volarás a Sentipera y perderás un día en sacárselos a Guelenka. Primero te dirá…
— No le calientes la cabeza — dijo Ninochka —. ¿Crees que no está bien claro para todos que los contenedores no son tuyos?
— ¡Son míos!
— ¡Naranjas de la China! — dijo Ahmet.
— ¡Son más que míos! — exclamo, indignado, Spiro —. Sin ellos, todo esta perdido. Sin ellos, pararía el trabajo de todo el laboratorio. La vida científica de todo un planeta quedaría paralizada.
