
— Si es así, vuela por tus contenedores — le aconsejo Ninochka.
— ¿Y quién llevará el cargamento a Proyecto? ¿tú?
— Sabes perfectamente que aquí todos estamos ocupados.
— Eso, precisamente, es lo que yo digo.
Spiro se acerco al velador al que se había sentado Pavlysh y dejó caer ante este una gran y apretada saca.
— Esto es para ti — dijo.
La saca se abrió, y de ella cayeron unas cuantas cartas y unos paquetes postales. Sobres, microfilmes y videocasetes se esparcieron lentamente por la pulida superficie del velador, amenazando con volar al piso. Pavlysh y la cantinera se apresuraron a recoger todo aquello para meterlo de nuevo en la saca.
— Siempre trata así el correo — observo Ninochka —. Arma cada vez un guirigay de miedo y luego lo deja todo tirado y se larga.
Spiro era un tipo divertido. Pavlysh recogía las cartas. Sentía que no podría soportar otra semana en el planetoide. ¿Y si arriesgaba y volaba a Sentipera?
— Aquí tiene otra carta — dijo Ninochka, pasando a Pavlysh un sobre con una videohoja. En el sobre ponía: «Proyecto-18. Laboratorio central. A Marina Kim».
Pavlysh releyó tres veces las señas, lentamente, y luego, con mucho cuidado, metió el sobre en la saca.
— Haremos así — dijo Spiro —: yo saldré ahora mismo para Sentipera. ¡Dios me libre de tener que regresar sin los contenedores! ¡Tú no conoces a Dimov! Y lo mejor que te puede ocurrir es que no llegues a conocerlo. Me quedan veinte minutos. Ahora te doy una lista de los cargamentos y te mostraré en donde se halla mi goleta. Luego, el hortelano te suministrará verduras, lo cargarás todo y lo llevarás a Proyecto. No te preocupes, el carguero tiene control automático y no pasará de largo. ¿Está claro? Y mira, no opongas resistencia, todo está ya decidido, y tú no tienes derecho a fallarle a un viejo amigo.
