Spiro amenazaba, imploraba, persuadía, manoteaba e iba y venía precipitadamente por la cantina, descargando sobre Pavlysh aludes de frases y signos de admiración.

— ¡Acabe de una vez y escúcheme! — bramó Pavlysh con todo el volumen de su potentísima voz —. ¡Estoy de acuerdo en volar a Proyecto! ¡He resuelto, sin necesidad de sus argumentos, volar a Proyecto! ¡En resumidas cuentas, tal vez soñara hacía mucho con volar a Proyecto!

Spiro quedó de una pieza. Sus negros ojuelos se humedecieron. Sintió que se le hacía un nudo en la garganta, pero logró dominar su emoción y dijo rápidamente:

— Si es así, vamos. Vivo. El tiempo apremia.

— Hace bien en ir — dijo Ninochka —. Yo misma habría ido, pero no tengo tiempo. Dicen que hay allí un océano precioso…


El carguero salió hacia el planeta Proyecto-18 por el lado sin iluminar, y pasaron unos minutos antes de que el Sol, hacia el que volaba raudo el aparato, vertiera su luz sobre el infinito y liso océano. Pavlysh amortiguo las sobrecargas y paso a órbita estable. Luego, haciendo chasquear el conmutador, comunicó con la Estación.

Sabía que la Estación observaba el vuelo del carguero y esperaba el familiar susurro indicador de que la franja quedaba libre para el piloto.

En la faz del océano surgieron unos puntos oscuros. Un seco ruido salía del receptor.

— Estación — dijo Pavlysh —. Estación, aterrizo.

— ¿Qué te pasa con la voz, Spiro? — preguntaron de abajo.

— No soy Spiro — explico Pavlysh —. Spiro se fue a Sentipera.

— Esta claro — dijo la Estación.

— Paso al control manual — dijo Pavlysh —. El aparato va recargado. Temo que pueda pasar de largo.

A la derecha, en la pantalla que había sobre el panel, giraba lentamente el globo del planeta, y sobre él, un punto negro, el carguero se acercaba poco a poco a la lucecita verde de la Estación.



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