— No te duermas — aconsejo la Estación.

— Pierda cuidado — dijo Pavlysh —. Soy de la Flota de Altura. He volado más que Spiro en cargueros como éste.

Abajo se deslizó atrás un grupo de islas esparcidas por la plana faz del océano. En el horizonte se veía la Estación, envuelta en tenue neblina. El carguero perdía altura demasiado lentamente, y Pavlysh desconectó el equipo automático y frenó. Sintió como si lo hundieran en el respaldo del sillón.

Pavlysh volvió a hacer chasquear el conectador del panel de comunicación.

— ¿Qué debo ponerme? — preguntó —. ¿Qué tiempo hace ahí?

Conectó el videófono. En la pantalla surgió la ancha y plana cara de un hombre con la cabeza rapada. Tenía los ojos estrechos de por si y, además, los entornaba; sus finas cejas parecían dos pajaritas. En general, hacía recordar a Gengis Khan cuando le dieron la noticia de que sus miliarcas preferidos habían sido derrotados ante los muros de Samarcanda.

— ¿A quien se le ocurre enviar a gente así? — preguntó Gengis Khan, refiriéndose, por lo visto, a Pavlysh.

— He ahorrado media tonelada de combustible — respondió modestamente Pavlysh —. He llegado con una hora de anticipación. Supongo que no he merecido sus reproches. ¿Qué se ponen ustedes cuando salen al aire libre?

— Spiro dejó lo suyo ahí — dijo Gengis Khan.

— Dudo mucho de que pueda caber en su equipo.

— Bien — dijo Gengis Khan —, dentro de tres minutos me tendrá ahí.

Pavlysh soltó los cinturones, se levantó del sillón, extrajo de un nicho lateral la saca del correo y se sacudió el polvo. Moverse no costaba trabajo: la gravitación en aquel planeta no pasaba de 0,5. La portezuela de la cabina de dirección se corrió a un lado y entró Gengis Khan, vistiendo un mono con calefacción y una máscara de oxígeno que le tapaba media cara. En pos suyo se introdujo un hombre alto y magro, de ojos pálidos bajo espesas cejas negras.



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