— Buenas — dijo Pavlysh —. Me encontraba por azar en el planetoide, cuando Spiro tuvo que desplazarse a Sentipera. Me pidió que le echase una mano. Soy el doctor Pavlysh.

— Yo me apellido Dimov — se presentó el hombre flaco —. Dimitr Dimov. Dirijo aquí la sección de nuestro instituto. Somos colegas, ¿si?

Señaló con fino y largo dedo de pianista la sierpe y el cáliz en el pecho de Pavlysh, precisamente encima de las cintas con los nombres de las naves en las que había prestado servicio.

— Vanchidorzh — presentó Dimov a Gengis Khan, y agregó al punto —: Vístase, vístase. Le estamos muy agradecidos. Siempre surgen algunas dificultades con Spiro. Es una bellísima persona, bondadoso y con muy buenas dotes administrativas. Nos costó mucho lograr que lo enviaran aquí de la Luna.

Gengis Khan, es decir, Vanchidorzh, dejó escapar un «hem», expresando así su desacuerdo con las últimas palabras del jefe. Dimov ayudó a Pavlysh a sujetar bien la máscara de oxígeno.

— Confío en que pase aquí unos días.

— Gracias — dijo Pavlysh.

Conectó la calefacción del mono y se ajustó el casco. El oxígeno afluía normalmente. El traje de Dimov le quedaba un poco estrecho, pero no se sentía incómodo. Pavlysh quiso preguntar por Marina Kim, pero se abstuvo. Cenicienta ya no lograría escapar.

Salieron a la superficie de la isla, lisa como si la hubiesen pulido. A unos cien metros, tras un vallejo, se alzaban rocas cortadas a pico. Al otro lado comenzaba el océano, y las olas rompían contra la negra orilla, levantando surtidores de blanca espuma. Pavlysh se ajustó el casco laringofónico para oír el fragor de la resaca, pero llegaba muy apagado, no respondía a la altura de las olas: los sonidos se amortiguaban en el aire enrarecido. Una nube gris semi transparente ocultó por un segundo el sol, y las sombras, antes muy acusadas y espesas, semejaron perder densidad.

Vanchidorzh se había adelantado, llevando sobre el hombro la saca con el correo. Dimov había quedado atrás: cerraba la portezuela del carguero. Vanchidorzh entró en la sombra de una roca y se disolvió en ella. Pavlysh lo siguió y viose ante una puerta metálica que se deslizaba lentamente a un lado, abriendo la entrada a una cueva.



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