— Pase — dijo Vanchidorzh —, si no, vamos a enfriar la cámara.

Pavlysh miró atrás. Un gran pájaro blanco descendía lento hacia Dimov, y Pavlysh estuvo a punto de gritarle: «¡Cuidado!» Pero Dimov había visto al pájaro y no se disponía a ocultarse. El pájaro describió un circulo sobre la cabeza de Dimov, que levanto la mano, como si saludara.

El pájaro tenía alas muy grandes y cuerpo pequeño densamente cubierto de plumas.

— ¿Les da usted de comer? — preguntó Pavlysh.

— Claro que sí.

Vanchidorzh tenía la desagradable costumbre de carraspear sarcásticamente. Y no se sabía si era que reía o si estaba enfadado.

Un poco más alto que el primero, apareció otro pájaro. Extendió las alas y planeó blandamente, posándose en un peñasco al lado de Dimov. El tendió la mano y le dio unas palmaditas en el cuello.

— Vamos — repitió Vanchidorzh.

El interior de la cueva era cómodo. Sus espaciosas salas habían sido convertidas en habitaciones y locales de trabajo, y Pavlysh recordó las antiguas ilustraciones a la novela de Julio Verne La isla misteriosa, a cuyos héroes gustaba trabajar cómodamente. Pavlysh pensó que en su habitación habría una ventana, abierta en el muro, por la que penetraría el aire del océano.

Dimov dijo:

— De vivienda no estamos muy bien. El mes pasado llegaron seis fisiólogos y ocuparon todos los cuartos disponibles, tendrá que vivir en la misma habitación que Van. ¿No tiene nada en contra?

Pavlysh miro a Vanchidorzh, pero este se había vuelto de cara a la pared.

— Yo, claro, no objeto. Pero, ¿no estorbaré?



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