
— Yo paso muy poco tiempo en la habitación — dijo al punto Van.
La habitación era espaciosa, y no tenía nada que ver con las celdas que había en otras estaciones. En la roca habían practicado una alta y angosta ventana, por la que entraba la luz del sol.
— Ahí tiene su cama — dijo Van, señalando hacia un lecho de verdad, bastante ancho, cómodo, cuya cabecera era una lapida verdosa con caprichosas tallas.
— ¿Y usted? — preguntó Pavlysh. En la habitación no había otra cama.
— Ahora traigo una. No me dio tiempo. Nadie le esperaba.
— Por eso dormiré en la cama que traiga usted — dijo Pavlysh —. La hospitalidad no debe acarrear sacrificios.
Se apartó de la ventana. Todo a lo largo de una pared de la habitación había un obrador. En el yacían tablas de piedra semitransparente, rosa y verde claro. Nefrita, adivino Pavlysh. En una de las tablas se veía el esbozo de un pájaro de anchas alas. La nefrita despedía una luz cálida, reflejando la del sol. Una concha que parecía la mitad de una nuez gigantesca proyectaba en el techo irisados destellos nacarinos. Van dispuso las cartas en rimeros. Había una mesa pegada a otra pared, frente a la cama. Sobre ella podían verse varios anaqueles. En un montoncillo de microfilmes que se alzaba en el segundo anaquel se apoyaba una fotografía de Marina Kim en marco de nefrita, había sido tallado con mucho arte, y la pupila se perdía en la contemplación del historiado dibujo. Pavlysh reconoció inmediatamente a Marina, aunque en su memoria la joven vivía con la peluca blanca, que comunicaba a su semblante un algo ilógico, realzando la falta de correspondencia entre el corte de los ojos, la línea de los pómulos y los abundantes bucles blanco. El verdadero pelo de Marina era hirsuto, negro, corto.
Pavlysh se volvió hacia Van y vio que este había dejado de sortear el correo y lo estaba observando.
Se abrió la puerta y entro un hombre que vestía una bata azul y un gorro de cirujano del mismo color.
