
— Van — dijo el hombre —, ¿han traído el correo? ¿sí?
— ¿Qué tal van las cosas? — preguntó Van —, ¿se siente mejor?
— Las aletas son las aletas — respondió el hombre de la bata azul —. Eso no se cura en un día. ¿Qué hay del correo?
— Ahora voy — respondió Van —. Ya queda poco.
— ¿Hay algo para mi?
— Espera un instante.
— ¡Excelente! — exclamó el médico —. No esperaba de ti otra contestación. — Se acarició el corto bigote y se atuso la estrecha barba. Luego preguntó a Pavlysh —: ¿Llego en el carguero?
— Sí. En lugar de Spiro.
— Encantado, colega. ¿Por mucho tiempo? Se lo digo porque podemos encontrarle trabajo.
— Me agrada ver — dijo Pavlysh —, que, dondequiera que voy, me ofrecen trabajo en seguida, sin preguntarme siquiera que tal lo hago.
— Lo hace usted bien — replicó muy convencido el cirujano —. La intuición no nos engaña nunca. Yo me apellido Terijonski. Mi tatarabuelo era sacerdote.
— ¿Por qué debo yo saber eso?
— Me presento siempre así para evitar chanzas innecesarias. Es un apellido eclesiástico.
Pavlysh volvió a mirar la foto de Marina Kim, como si quisiera persuadirse de que no se había desvanecido. Pronto la vería. Tal vez al cabo de unos minutos. ¿Se asombraría? ¿Se acordaría del húsar Pavlysh? Claro que podía preguntar por ella a Van, pero no quería.
— Todo — dijo Van —. Vamos. ¿Viene usted con nosotros, Pavlysh?
Fueron a una espaciosa sala a la que daban luz varias ventanas abiertas en la roca. El piso estaba revestido de plástico azul. En la parte opuesta a la entrada había una larga mesa y dos hileras de sillas, y cerca de la puerta una mesa de ping pong con la red floja. Van dejo la saca sobre la mesa y, como si cumpliera un rito, fue sacando de ella montoncillos de cartas que disponía en fila.
— Ahora llamo a la gente — dijo Ierijonski.
