
— Ella misma vendrá — quiso disuadirlo Van —. No te apresures. Pero Ierijonski no le hizo caso. Se acercó a la pared, abrió la portezuela de un pequeño nicho y pulsó un timbre, cuyo intermitente sonido se esparció por los pasillos y las salas de la Estación.
Sobre la mesa de ping pong veíase una fila de retratos que recordaban los de los antepasados en alguna casona solariega. Aquello no era corriente. Pavlysh se puso a mirarlos.
El pomuloso cuarentón de tenaces ojos claros era Ivan Grunin. Al lado había un anciano con los ojos entoldados por espesas y mechosas cejas: Armen Guevorkian. El siguiente retrato pertenecía a un muchacho muy joven, de asombrados ojos azules y puntiagudo mentón. Algo unía a aquellos hombres y hacía que fueran queridos y respetados en la Estación. Habían hecho algo importante en la labor a que se dedicaban los demás y tal vez fueran amigos de Dimov o de Ierijonski… De un momento a otro acudiría la gente que hubiera oído la llamada. Entraría también Marina. Pavlysh se aparto de la mesa de ping pong, pero no quitaba ojo al largo sobre azul destinado a Marina. Yacía encima del montoncillo más pequeño.
Los primeros en aparecer fueron dos médicos que vestían batas azules como la de Ierijonski. Pavlysh procuraba no poner los ojos en la puerta y pensaba en cosas ajenas, por ejemplo, en si sería cómodo jugar al ping pong siendo tan pequeña allí la gravedad. ¿Habría que aumentar el peso de la pelota o bien habituarse a saltar lentamente? En Proyecto, los movimientos de la gente eran más suaves y espacios que en la Tierra.
Los médicos se precipitaron inmediatamente hacia la mesa, pero Van los detuvo:
— Esperad a que vengan todos. Ya sabéis…
Evidentemente, Van era un dogmático que adoraba los ritos.
A Pavlysh se le antojó por un instante que había entrado Marina. La chica aquella era también pelinegra, esbelta y cetrina, pero con eso terminaba todo el parecido. Tenía el pelo mojado y el blanco sari se había adherido en algunos lugares a su húmeda piel.
