
— Te vas a resfriar sin falta, Sandra — rezongo Ierijonski.
— Aquí no hace frío — dijo la joven.
Hablaba lentamente, como si se esforzara por recordar las palabras.
Luego aspiró profundamente, carraspeo y repitió, en voz más sonora:
— Aquí no hace frío.
La sala estaba ya llena de gente. Vestían todos ropa de trabajo, como si se hubiera sustraído por un instante de sus ocupaciones para reintegrarse a ellas inmediatamente. Pavlysh volvía la cabeza a derecha e izquierda, creyendo que Marina se hallaba ya en la sala y él no la había visto entrar.
Van parecía estar oficiando. Acercó el rimero de cartas oficiales a Dimov; luego fue tomando cartas y paquetes postales del mayor montón y leía en voz alta los apellidos de los destinatarios. Era evidente que aquel rito constituía ya una tradición, pues nadie gruñía, de no ser Ierijonski, rebelde de nacimiento.
La gente se acercaba, recogía las cartas y los paquetes postales para sí y para los que no habían podido acercarse, y la muchedumbre que rodeaba a Van iba perdiendo densidad. La gente se acomodaba allí mismo lo mejor que podía, para leer las cartas, o se marchaba apresuradamente, para escuchar sola alguna grabación. Los montoncillos de la correspondencia iban desapareciendo. Marina Kim no figuraba entre los destinatarios cuyos apellidos leyera Van.
Este tomo el penúltimo paquete y lo tendió a Sandra, diciéndole:
— Para la estación marina. Ahí va un paquete postal para ti.
Luego puso la mano en el ultimo montoncillo de cartas, en el sobre azul para Marina Kim.
— ¿No ha venido nadie de la Cima? — preguntó, y añadió al punto —: Yo lo llevaré. «Naturalmente — pensó Pavlysh —, lo harás con sumo placer». Se dijo que Marina, sin el menor fundamento para ello, estaba haciendo de él, bizarro piloto de altura, un trivial celoso.
